jueves, 3 de junio de 2010

¿Por qué al arte cuesta lo que cuesta?


El arte, por suerte o por desgracia, se rige por las mismas reglas que el resto del mundo. El por qué de los precios de una casa, de un CD o de un vestido, al fin y al cabo, con sus pequeñas diferencias, se basan en lo mismo: la oferta y la demanda y principalmente lo que el comprador esté dispuesto a pagar. Si además, añadimos otros factores, podremos ir concretando más.

Esta explicación está perfectamente redactada en el libro del economista Don Thompson "El tiburón de 12 millones de dólares" haciendo referencia al precio de la obra "La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo" de Damien Hirst, que realmente recomiendo.

Es cuestión de marcas de "confianza" y en realidad de un deseo de reconocimiento. Thompson compara el arte con un bolso de Louis Vuitton, con películas de Mel Gibson o con la mismísima Coca-Cola. Por un lado está esa "confianza" que da una marca reconocida, saber que "va a ser bueno" por el sencillo hecho de ser Coca-Cola, y por otro lado ese deseo de reconocimiento de la marca Louis Voutton cuando vistes de él. Con el arte sucede lo mismo. Si compras un Picasso "va a ser bueno" y si alguien ve en casa un Picasso lo reconocerá. Sabrán que tienes un Picasso, que eso conlleva un nivel adquisitivo y cultural alto (o eso debería). Si tienes dinero, tienes que gastarlo, y ¿en qué gastarlo mejro que en arte? Si además nos colocamos al nivel de los altos récords de ventas, tu reconocimiento será aún mayor, y tienes la seguridad de que "es bueno". Si además, como explica Thompson, no sólo es una obra de un gran artista, sino que ha sido vendido por un gran marchante, en una gran casa de subastas de una gran ciudad del arte, todo esto va sumando puntos al pedigrí de la obra.

Entrecomillo siempre "va ser bueno" porque aunque así debería ser, no lo es. En el arte, como en muchos otros aspectos, ser de un artista determinado no asegura la calidad. En muchas ocasiones los grandes artistas han llegado a ser reconocidos por un simple (o no tan simple) programa de marketing, que consiguen ponerlo en las altas órbitas del mundo artístico, pero relamente sin mucha calidad.

Mientras que haya clientes de tal poder adquisitivo con intención de gastarlo el arte, el arte no bajará de precio.

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